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18/3/12

Me sofoqué tanto que casi salté al bus. Era necesario, era de vida o muerte. La cabeza me daba vueltas, tenía sabor a bilis y olor a vómito en la camisa.  Estaba llorando. El perro estaba muerto. Le tiré la cora al cobrador, la última que me quedaba. No me pude sentar; los edificios, la gente, los otros carros corrían,  se perdían en las ventanas polarizadas y se escondían entre las cabezas de los pasajeros, que me miraban, pero no preguntaban.

Me estaban matando al perro. A puros vergazos. Me dijeron que el perro se tenía que ir, que me lo habían aguantado mucho tiempo, pero que mucho ladraba, mucho se les acercaba. Y que no se les daba la gana verlo. Ese fue su gran pecado. Cuando llegué estaba sucio y lleno de sangre, el pelo perdido en la polvareda, las patas quebradas, la panza deshecha, chillando. Me le tiré encima y aguanté las ultimas patadas. Ellos se fueron, carcajéandose. 

No debía, pero tenía que -y quería- irme. Me agaché, lo acuné con mis brazos y lo despedí a mi manera. Nos cayó encima el ruido de la calle. Nos cayó encima la tarde. 

Ahí quedó, enterrado atrás de la construcción, entre el ripio y la tierra. Ahí quedó.

No hay nada para amar aquí. Todo se desliza entre el asfalto.

No sé adónde voy. No sé por qué o por quién lloro. No conozco a esta gente, pero no quiero que se vayan. Estoy perdido, pero sé dónde estoy. Lo que no sé es si voy a alguna parte. No a una que yo quiera. No quiero nada. Pero quisiera quererlo. 

Pude haberme quedado ahí, pero no pude. Me tenía que ir. Me iba a morir si no. Aunque esto es casi como estar muerto. No era el perro, era todo. Y era lo último.

Era lo único que quedaba, pero, ¿quién se aferra a los muertos?


3/9/11

Viene bolo, otra vez. Es de por gusto: diga lo que le diga no entiende. Que si el dinero, que si los vecinos Por la gran puta, ya viene ésta a joderme. No me acuerdo donde dejé las llaves. Si se callara esta pasmada me podría acordar, porque todo lo que escucho es "Venís bolo, otra vez. Ni que tuviéramos dinero para estarlo gastando. Y encima los vecinos Se están enterando, de todo el escándalo, por Dios. La última vez llamó la señora de la par, que no la desveláramos. ¡Y este desconsiderado, estúpido, maleducado...! Y sólo me mira como si mía fuera la culpa, como si no fuera Ella es la que me desconcentra, yo sé que no debería estarla viendo a escondidas de ésta, que estamos casados, pero carajo. Carajo es todo en lo que puedo pensar. ¿Quién puso ahí la silla? De todos modos, es más bonita y entretenida que la mujer que Dios y la mala suerte me dieron. Uno es tonto de joven, nadie le dice que el amor no existe, nadie Le dice a una, que se casa ilusionada y con ganas de criarle los hijos al hombre, que lo más cerca del cielo que va a estar es cuando baje los focos quemados del cielo falso. Que sí, que el amor; a ver cuánto amor queda cuando vienen las cuentas y los hijos y la oficina y el mar humor y las "gracias" de cada uno. Si sale niña, juro que le voy A romper la jeta a esta mujer si no se calla. ¡Ya me tiene harto! Y después dice que porqué uno no pasa en la casa, si a que lo jodan viene uno. Hecho mierda de trabajar, voy a descansar un poco, y la mierda de mujer que me espera, cacerola en mano y sin querer darme agua, ni Y ahora, lo de siempre: que mía es la culpa, que todos los males son mi culpa, que soy una amargada, una idiota y una Pendeja debería decirle, a esta cabrona; como que yo no le pago la mierda con la que se pinta el hocico y el carro con el que ha de andar de culo contento para arriba y para ¡Ah no! A mí este hombre no me va a mangonear: muy su esposa pero no soy idiota. Piensa Que algo debe de andar oliendo esta, para que me salga tan digna y emputada, ojalá que no la haya regado con Y no le importa, él sigue siendo el rey de la casa, el Callate, idiota, dejame terminar de llegar, que no ves que Como que no sé que ahí anda con la otra, como que soy ciega. Como que no me he fijado.
Si nunca tuvieron el frasco vacío en las manos, no lo entienden. Si no tienen cicatrices en las muñecas, no lo entienden. Si nunca eligieron respirar en el último momento, no lo entienden.

No entienden de qué va esto.

24/8/11

Inventario Número Asabercuánto

Todas las noches largas y las risas, volver a inventar el mundo desde esas cuatro paredes. La ropa esparcida en el piso. Los recuerdos tontos, los papeles que vuelan, los besos que se esconden tras las puertas, las caricias pequeñas y difusas. Los empujones, los jalones, los silencios infranqueables, la distancia cercana, tus ojos fijos en el vacío.  Tus mejillas dormidas, las mordidas amargas, los insultos amables, la luz de la luna. Tu cigarro y el mío.  Tus manos lentas, tus labios rojos, tu risa nerviosa, tu voz imperdible. Tus melancolías. Las canciones que perdimos, las heridas que encontramos y que no quisiste. No pudiste. Tu respiración entrecortada, tus piernas desnudas, el orden y la mesura. Hoy te los regalo, en una caja y con cariño, con un apretón de manos. Con una sonrisa.

15/7/11

Las Luces De La Tarde

Había sido un hermoso día. Por ninguna razón en particular. El despertador sonó y él se levantó, se vio al espejo y se restregó los ojos. El agua de la ducha estaba fría; se sentía inspirado, cantó tres canciones antes de cerrar el grifo. Se secó, se cambió. Vio el reloj y se dijo que iba tarde. Por suerte, había pedido la mitad del día libre, lo que lo animó a apurarse. Al mal paso darle prisa, dicen.

Había sido un hermoso día. No había más tráfico del habitual, nadie se sentó a la par suya, nadie le habló, y los bichos pidiendo en el bus no lo hostigaron demasiado. Llegó a su trabajo, archivó los últimos expedientes del caso más sencillo que había tenido en mucho tiempo. Habló con el tipo gordo que se sienta cerca de él, descubrió que no era tan patético como pensaba. Pensó en lo bien que se veía el blanco en las paredes. Pensó que quería almorzar pollo.

Había sido un hermoso día. Mientras caminaba a la casa de la mujer que quería, pero no era oficialmente su mujer, empezó a lloviznar. Contrario a otros días, se sintió agradecido por aquellas gotas de agua que le empapaban la cara y la carpeta. Hasta se le hizo poético. Pensó en cuánta poesía podía haber en un charco lleno de basura y mierda mientras las gotas caen y le van haciendo ondas. Llegó a la conclusión que no mucha. Silbó un poquito.

Había sido un hermoso día. La mujer que quería no se puso de rogada. Le tenía de comer. Vieron las noticias de la una juntos. Se durmieron un rato en el sillón. Después le hizo el amor en el cuarto. No fue ni la mejor ni la peor de las veces: el sexo es una cosa, al fin y al cabo, repetitiva y monótona. Pero hubo algo diferente. Tal vez en su cara, en la disposición de las almohadas; o tal vez era el diluvio que caía afuera, desde la ventana. Terminó, recostó la cabeza en su vientre, en silencio, sintiendo la respiración de ella y sus propios latidos. Se quedó así un buen rato.

Había sido un hermoso día. Caminó de regreso a casa: la parada estaba del otro lado de la calle. Pensó en la impertinente de su mujer, la legítima, esperándole en casa para hablar del último chambre de la tía o la vecina. Pensó que era una suerte ser estéril. Miró a su derecha, a la distancia, a la ciudad que se la iban comiendo, poco a poco, las luces de la tarde. 

Un hombre caminando. Un hombre con mala pinta. Él se empezó a alejar, con disimulo, con desconfianza. El otro hombre aceleró el paso, cada vez más cerca, sin disimular la intención. Él pensó en el cheque sin cambiar, en el reloj, el teléfono de alta gama, el pasaje. Pensó en correr y corrió a cruzarse la calle. Pero no pensó en el carro color plata que venía a toda velocidad hacia él  y lo golpeó, haciéndolo caer varios metros después para luego volverlo a golpear y huir.

Gritos. Gente. Sirenas. El pavimento. El dolor que quemaba y hería en la cabeza, las costillas y la pierna derecha. 

Ya era casi de noche. Los últimos reflejos del sol se perdían a lo lejos, entre nubarrones grises y los cables del tendido eléctrico. Intentó decir algo, lo que estaba pensando mientras el sabor a sangre se hacía insoportable y lo dormía, mientras el aire se le iba a bocanadas, mientras las luces estridentes de la calle se fundían en una sola, incomprensible masa; mientras las voces y los gritos se desvanecían y se se escapaban, confusos...

Intentó pero no pudo. Quería decirle a alguien, a quien le importara, o a quien lo quisiera escuchar, que ese había sido un hermoso día. Que era un hermoso día. Que era el mejor día para morir.

3/6/11

A veces quisiera un poco más de raíces. De calor, de algo mío. De historias y anécdotas en libros perdidos. Un lugar para mí, con sabor a conocido. De ser de un lado y no ciudadano de nada. De cobijas, de alfombras. Bajar las gradas a medianoche y quedarme en la sala, escuchando el ruido del viento en el jardín.

Pero también quisiera olvidar. Olvidar palabras, cosas, lugares, golpes. No corregirlos, simplemente no hablar de ellos. Y llorarlos un día. O dos. Un espacio en blanco para acurrucarme y escupirlos, rasgarlos, tocarlos, desangrarlos. Un momento de silencio, de impotencia.Y luego dejarlos por ahí, al descuido. Como pequeños tesoros con veneno.

Una página en blanco. Para crear y para destruir. Para plantar y enterrar. Para escribirle mil cosas, para tacharle una vida.

Una página en blanco, cuando no hay nada que contar.

30/5/11

Hoy no sucedió nada
absolutamente nada
más allá de lo normal
de lo usual

Desperté lo mismo
Me senté en el mismo asiento
del bus
los mismos mareros
los mismos payasos
la misma gente triste
y tonta
que nunca me importa
en realidad
no pasó nada
era la misma mañana

Hice mi turno
resolví los mismos problemas
comí lo mismo
odié lo mismo
y, de hecho
no sucedió nada
no hubo nada importante
nada que mereciera
un minuto más
de mi tiempo
o de mi humor

Leí lo mismo
vi lo mismo
los mismos muertos la misma
música la misma sangre las mismas tetas
nada nuevo
dentro de esa caja
que tampoco es nueva

Llamó lo mismo
nos vimos
hablamos igual
que siempre
nos quedamos sin nada
de ropa
ni nada que decir
cogimos
como siempre
nos peleamos
como es usual
como es costumbre
de qué otra manera
iba
a ser.

Pero
lo raro es que
hoy
este día
no sucedió
absolutamente
nada


Y, hoy
esta noche
no puedo dormir
no sé por qué


hay algo
que me da vueltas
en la cabeza
tanto

Son las dos treinta y cinco
y no pego un ojo.

27/4/11

Viene bajando la noche; San Salvador, sucia entre las luces. Metrocentro, la parada; la gentes, las hormigas: el caos. La Gaby y yo, tratando de cachar un bus. Caras largas, cortantes. La cuidad no nos alcanza para verla pasar a través de la ventana. Las sombras, los pitos.  Un silencio tristemente cómplice. Una que otra gota sospechosa en la mejilla. Y nada más que miedo.

23/4/11

Vomitar

Todo empieza bien de la nada, es casi provocado. Levantarte un par de horas después, con el cuerpo caliente, sudando y algo que te pesa a mitad del cuerpo. Sentarte puede que te ayude un par de minutos, pero es inevitable y vos sabés que va a pasar. Va a pasar. Vos solo lo sabés. Va a pasar, va a pasar, va a pasar y el sonido martilleante de esas tres putas palabras va a ser tu música de fondo. Te parás, tambaleando, saludás al público, y comienza la función.

Casi siempre vas sin zapatos, pero es que no podés pensar en nada. Está pasando. Cada paso que das en dirección baño es una revolcada más en el estómago, una lenta y ardiente oleada buscando tu garganta. Ese algo ya lo conocés, y ya sabés que significa: te empezás a poner blanco y viene el bajón en frío. Seguís porque no querés que quede huella, si pasa que te pase a vos, sin nadie, pero cómo quisieras a alguien, a todos, a cualquiera en ese momento. A todos, a nadie, a la mierda. ¡A la mierda! A la mierda, a la mierda, a la mierda, a la mierda, mierda....cerrás la puerta, que podés despertar a alguien.

Te mirás al espejo pero te volteás porque no es más que una confirmación inútil de lo que está pasando. Y la  saliva. La saliva fluye de repente y sin pausa, inundándote la boca. La escupís con miedo, la escupís y hay más y no se acaba y se te viene la imagen de un perro, no de un perro rabioso; sino un perro simple y llanamente imbécil, con el hocico chorreando saliva, con la mirada perdida en el vacío, impotente, estúpido. Lo odiás. Escupís, y el rastro de tu saliva transparente avanza paciente e indolentemente hacia el tragante del lavamanos. Te laten las sienes, sudás helado, cosas borrosas. Un estúpido chilguete de saliva. Cerrás los ojos. Apoyás la cabeza, pero el frío arde.

Qué. No te movés. No respirás. ARDE. Te arde el pecho, está pasando. ESTÁ PASANDO. Tenías razón, está pasando y no podés hacer nada y ni siquiera te movés y temblás y no podés detener el rechinar de tus dientes, el temblor de las manos, te tropezás, temblás, temblás del miedo, te estás cagando del miedo y ya no querés más ese vértigo, ese miedo, ese temblor, el corazón a cien, la incertidumbre, el dolor, ese terror, ese asco ese sabor a mierda en la boca no quiero no puedo no quiero no debo no quiero no quiero BASTA quienquiera que seás basta no es gracioso no es mentira por favor te lo ruego ya no YA NO voy a ser buena voy a ser una buena niña una niña buena pero por favor ya no por favor no, es horrible HORRIBLE.

La ropa te quema, te contiene, temblás y la ropa tiembla en tus manos y vos temblás pero vos sabés que vos podés, al menos te lo repetís metódica y frenéticamente, no, basta, yo puedo, cuando la verdad es que tenés tanto miedo que apenas y abrís los ojos. Una gota de sudor en la nariz. Y el reflujo que sube y baja. Líquido...

Temblando, sudando, solo, sólo vos, con tu pequeñez, con tu desnudez, con tu miseria y sólo con tu miseria te arrastrás hacia el inodoro. Sabés lo que hay que hacer. Abrís la boca, tus dedos entran. Y tocan ahí, justo ahí. Te inclinás ante la taza, con miedo, con respeto, con reverencia. Como a un dios. Vomitar es, después de todo, el acto de entregar voluntariamente el control.

Retorcijones. El estómago sube de golpe. No es suficiente. Tu índice trata de ir más allá. Más. MÁS. Va rompiendo y quemando su camino hacia la boca, es la primera arcada, viene y rompe con fuerza, te parte en dos. No querés, lo querés retener, pero puede más que vos. Abrís y no sabés, es tu cuerpo, tu cuerpo en su reflejo más antiguo y primitivo, expulsando, pujando, retorciéndose, y el río de inmundicia saliendo de vos, de vos, quemándote la nariz, invadiéndote con su olor ácido y dulzón, burlándose de vos, dominándote, mareándote, controlándote más allá de tu conciencia.

Y otra. Esta es más tuya, vos sabés que debe de, que tiene que salir, que tiene que acabar. Pero el dolor es el mismo, sino más. Y la vista es increíble: podés reconocer lo que hay en la taza. Un almuerzo mal digerido, alcohol de más. Y a veces nada, sólo ácido. El dato excita a tu estómago y te inclinás una vez más para sacarlo todo con odio, con rabia y furia, con lágrimas. El sonido de la porquería saliendo de tu garganta, tu porquería cayendo sobre más porquería; el olor de la nueva porquería mezclado con el agua del inodoro, tu sudor corriéndote en el pelo, tus dedos como garfios sobre el reborde, el vértigo y el dolor, y el placer de la furia. Furia infinita.

Y otra. Tal vez dos más. Menores, pero igual de dolorosas que las anteriores. Con más colaboración tuya. Entre arcada y arcada recuperás la conciencia, entre arcada y arcada regresás. Y cuando te has inclinado por última vez, cuando ya diste la última escupida, tu cuerpo cede y regresa sobre sí mismo. Son las dos de la mañana, estás desnudo en el piso de un baño, débil, vulnerable. Y durante un tiempo es como flotar en el vacío. Un vacío frío, feliz e infinito.





El despertar. Pararte. Vestirte. Lavarte. Limpiar.

Pero estás un poco mejor. Aún temblás y te rechinan los dientes. Caminás despacio, cerrás la puerta. Tal vez mañana les contés. Tal vez ahora, porque necesitás a alguien. Pero no. Ya pasó, ya pasó. Encendés el ventilador, abrís la ventana. Aquí nada ha pasado. Recogerte el pelo. Respirar profundo. No, aquí no ha pasado nada. Pero algo te dice que ésa va a ser una noche larga.

13/1/11

Anécdota

Me impaciento. Me aburro. ME DESESPERO.
El librito de filosofía de la ciencia que tuve a bien traerme no me sirve de nada, o al menos no de mucho. La cola es infinita, la mujer de la par tose, el lugar está impregnado de vapor, de la mezcla de salivas, sudores y fluidos de trescientas y tantas gentes; nunca me dio fuchi el vulgo, pero esto es demasiado. Dos gentes atrás hay unos empleados de Tigo que no me dejan de ver las chiches. Bravo, buenísima idea venir escotada en día de trámite. ¿Ya dije que odio las filas? Las odio. ¿Ya dije que odio los trámites? Los odio. ¿Ya dije que odio los bancos?, Sorpresa, también los odio. Es el precio que hay que pagar cada quince y treinta por cambiar un cheque que no llega ni a los trescientos cincuenta. Nada puede pasar hoy. Ni siquiera podemos ir a comer algo, aunque sea un café con sabor a viejo, no está, anda trabajando, no se puede, llame más tarde. Tu mamá es tan pésima para dar excusas.

Hay un hombre de azul. No muy joven, no muy viejo, pero lo mira todo. Está como hasta el final, casi a la entrada del banco. Y al parecer no soy la única que se fijó: el vigilante no le quita los ojos de encima mientras acaricia su rifle en ademán de advertencia. Pienso en alguna extraña alusión fálica. Pienso que soy una enferma. Siempre, de las cinco cajas, solo hay tres disponibles. Y todas las cajeras están pésimamente maquilladas. Y son unas perras. Tuve un novio que decía que mi deleite era quejarme de todo. Tal vez estaba en lo cierto.

Como de película: viene el maje de azul y dice Se me están quietos, hijos de puta, y saca tremenda babosada; el vigilante pálido, pálido, que no sabe qué hacer, porque el de azul trae compañía salida de la nada. Gritos, angustia, una mujer bastante humilde y su marimbita de bichos; un tierno que parece ser empleado de carwash siendo desplumado. Sí, me tiembla un poco la mano, me hago la fuerte, ya se va a acabar, no me van a pedir nada, o va a venir la policía y les va a dar traca traca. Al final llega un cerote bajito, A ver reina, déme para acá y le doy el cheque, Pero firmadito, corazón, y me mira las chiches, y se lo firmo mientras en mi mente le doy la puteada del siglo, cabroncerotehijodelagranputa, ojalá que te pise la chota, y se va, y se acaba el pisto y los cheques y las tarjetas, y quedan solo las señoras pálidas y los hombres encabronados, pensando que han de ser mareros bien vestidos y cuestionando la identidad sexual del pobre vigilante.

Dos horas de mi vida perdidas, muertas, nada. Para que cinco vengan y me quiten el pisto que me gano atendiendo gringos que no saben cómo encender su televisor. Y la u, bien gracias. Adiós champú nuevo. Adiós birria del viernes. Por lo menos, es salir de la rutina. Al menos tengo algo nuevo qué contar.

6/12/10

Sábado

Pesadillas. Pesadillas de la realidad. La almohada está mojada y no quiero abrir los ojos. A la mierda el sol, los pajaritos, mis vecinos puteándose a las 9 de la mañana. ¿Sabés lo dificil que es levantarse hoy? Es como tener dos pies izquierdos. Sentir que si me levanto voy a meter la pata, pero en el abismo. Ya qué.

En esta cobija sucia planeo quedarme toda la mañana, toda la mañana, toda la mañana. Me duele la cara.
Soñe. Con esto, con la realidad. Y siento que no puedo.
¿Me estás escuchando? No. Aunque quisieras, no.

Entre vos y yo hay un No. Y no es mío ni tuyo.

11/10/10

Crónica

Voy caminando y hace frío. El viento me da en plena cara y pecho(s), haciendo ruido, moviendo las ramas y las hojas (las del árbol y las de mi folder, que se van cayendo).Caminito de la UCA, en la peatonal, hay un par de charcos que siempre me trato de saltar porque mis zapatos están jodidos de la suela ( y lo que se dice, "ya hablan"), pero como hay demasiada gente yendo y viniendo tengo que patearlos y mojarme los pies. Ahí está el viejito de siempre pidiendo, con el vasito de durapax lleno de monedas. Algún día le tengo que dar, no puedo ser tan rata.

Los dulces se ofrecen en un armatoste de madera, con dos niveles y separaciones rectangulares. Pienso en que hoy no ando los cincuenta centavos de siempre, y que mi hambre de azúcar se va a tener que ajustar a ello. Tal vez compre un cigarro, pero no creo: ya vi que fumar me pone mala. De repente, un hombre a la par mía. Un poco más alto que yo, una camisa corriente, mochila, tenis. Robusto pero no gordo, moreno. Rostro cuadrado y labios fruncidos. Pienso en el salvadoreño promedio, al que le toca hacer bus, de esos que caminan grandes distancias.

"¿Ajá madrecita, cuánto me va a dar hoy? ¿Cinco, diez dólares? " Risitas nerviosas. La mujer de los hot dogs y la de los pastelitos bromean y se ríen, como saludando a un viejo amigo. La vieja de los dulces, pequeña, curtida, desconfiada por oficio, se hace la desentendida. "Diez dólares déme." "Ahorita no tengo,ai pase después". Lo dice con tono duro. Sentada, sin verlo, mientras recoge basura.

"Ai paso después, madrecita".

Se va. Las dos mujeres hablan entre sí, indignadas, pero murmurando. La vieja no dice nada, sige en lo suyo : sólo frunce el ceño. Debe estarle dando una gran puteada mental. Compro mis dulces, me despachan en silencio. La vida sigue.

Por las noches, a Antiguo la cuidan los perros. Los perros morenos, con tubos en la mano. A las diez, Antiguo se calla y los vigilantes se esconden. El gato se vuelve ratón. El ratón se vuelve perro. El perro de los de arriba; la manada suburbana de los que no pueden ir hacia adelante, mandaderos de los de bien, víctimas del sistema.

16/4/10

?

Desde hace días que la veo rara. Más flaca,más pálida,con los labios reventados de tanto frío y de tanto mordérselos. Tiene unas ojeras inmensas,pero le brillan simpático los ojos. Las mechas revueltas,los dedos en la boca: el respirar ansioso,las manos temblorosas le delatan los planes. Y aunque no quiere,sonríe.


Esa mujer del espejo está cambiando.

8/4/10

Amaneceres

Hace ratos reina el silencio. Hay un hombre durmiendo al lado suyo,de espaldas. Y mientras la mañana llega, Delia mira al cielo falso, polvoroso y amarillento, pensando que está harta de entregarse a ciegas, harta de inclinarse sobre infinidad de regazos a recoger las migajas de amores que nunca fueron suyos.
Se voltea,hacia el vaso que descansa en la mesita, y siente que está cansada de esperar a que pase el siguiente. Cierra los ojos y pide, con toda su alma, que no llege ninguno más.

7/4/10

Lluvia

Soñó que estaba escondida bajo una mesa en alguna ciudad perdida. Los pasos llegaban en oleadas, en sutiles ráfagas de miedo, desde el exterior. Intentó levantarse con cuidado, para que no la oyeran, porque algo más allá de su comprensión le decía que lo que ocurriría si la oían no iba a ser nada bueno. Se estiró en dirección derecha, deslizándose lentamente sobre el suelo. Estaba mojado.

A su alrededor, en el cuarto, en la calle, todo era caos. Lo supo cuando se acercó gateando hacia la ventana, y asomó un ojo para ver bengalas en el cielo y hombres arrastrándose en la acera. Se estiró un poco mientras pensaba cual sería la mejor ruta de escape, y con el mismo sigilo de antes, se dirigió hacia una puerta abierta. Bajó los escalones sucios de uno a uno, calculando el espacio preciso entre una pisada y otra, respirando poco aire para que no la notaran. Confirmó su teoría al ver los muebles de la sala volteados y la puerta principal rota, y buscó una cortina para limpiarse el lodo.

Cuando notó que los hombres se alejaban, corrió a la calle. Gracias a su buena suerte sorteó treinta disparos, siete hombres moribundos y dos mujeres llorando, hasta que llegó al otro lado de la ciudad, donde empezaba a escampar la lluvia y el césped se extendía hasta el infinito. Se lamió la pata, levantó la cabeza, y logró mirar, por encima de los altos girasoles, el sol.

29/3/10

Sorpresas

A él le gustaba verle la espalda.A ella le daba pena,pero cuando los besos le bajaban la defensa ella se dejaba mirar,calladita,calladita. Un día él tuvo el atrevimiento de no sólo mirar,pero intentar descubrirla y tocarla también;y ella se resistió. La besó,le rogó,le prometió,se hizo el enojado,pero no es no y no, no quiero,y es que vos no sabés y así,hasta que finalmente a él se le acabó la paciencia y a ella las ganas de pelear. Con ademán lento y triste se levantó la muchacha,y en silencio,de espaldas, fue soltando uno a uno los botones de la blusa. Miró hacia atrás,como suplicando,pero él sólo dijo hacelo de una vez. Cerró los ojos. Cayó la blusa. Y entonces el horror y la belleza escondidos y callados se extendieron en toda la estancia,silenciando los gritos de una boca que no sabe si maldecir o alabar. Eran alas. Un par de alas color azul.